Todos los hombres presumen de ser manitas.
No es que pretendan ser los más serviciales, sino que ellos necesitan sentir, que son los que mejor hacen las cosas. Así, cuando se reúnen con sus cubatas delante… cosa indispensable para contar sus batallitas bricológicas, pueden presumir de las obras de arte que le han hecho a la parienta en casa.
Todo el mundo conoce a aquel sujeto que siempre sabe, en que centro comercial está a la venta, esa taladradora eléctrica que uno necesita, esa cola vinílica o esa bisagra especial para aprovechar los rincones. Así compiten entre ellos por ser “el manitas del barrio” Y es bien sabido que no hay cosa que un hombre tolere menos, que la de que su vecino sea mejor manitas que él.
Pues bien, en dura competición con su vecino, Ernesto era “el manitas” por excelencia. Mejor dicho, era “el anti–manitas”. En casa, no había avería que él no estuviera dispuesto a arreglar, y no había faena que él no estuviera dispuesto a llevar a buen puerto.
Un día, se compró una cortadora de setos, porque ya estaba cansado de igualar el seto de la entrada del chalé a tijera. No crean ustedes que necesitaba de verdad, la cortadora de setos… su seto medía dos metros de alto por tres de largo, es que aquel día, dando vueltas y más vueltas por aquel centro comercial del bricolage, no se le ocurrió nada mejor que comprar, y como se dio cuenta de que aquel aparatejo no lo tenía… pues eso. Hay que tener de todo.El primer día que lo usó, melló la cadena de corte del caro instrumente con la reja que (cosas de la vida) había detrás del seto, luego cortó de un tajo el cable del timbre inalámbrico que conectaba su chalé con el resto de la humanidad. Y como él tenía que arreglar las cosas por si mismo, le hizo un empalme al cable que dejó sin imagen a la terminal de video del susodicho aparato.
Luego de terminar de cortar el seto, se puso a limpiarlo y engrasarlo, para limpiarlo cogió la primera bayeta que pilló del cuarto de las limpiezas, que resultó ser la súper–absorvente que usaba su mujer para limpiar las lámparas de cristal de murano del salón. Allí tenemos a éste hombre, intentando engrasar una máquina que no conoce y no se crean ustedes que se ha molestado en leer primero las instrucciones. La máquina acabó desarmada en un rincón del mostrador del trastero, en donde descansa en paz con la bayeta por encima.
El día de año nuevo, después de una mañana de aburrimiento, dando una vuelta por la casa, dio en percatarse de que el grifo de la bañera goteaba.
Y aquí tenemos al genial Ernesto, con su caja de herramientas, dispuesto a solucionar tan lamentable contingencia. En primer lugar, cerró la llave general de paso, ya que el baño era antiguo y no tenia llave de paso local, luego quitó el grifo de la bañera:
–Pan comido.
Le enrolló a la rosca de la tubería una buena cantidad de estopa y colocó de nuevo el grifo, salió a abrir la llave de paso y al entrar comprobó que el grifo seguía goteando, así que pensó que ya no hacía falta cerrar de nuevo la llave de paso, aquello solo necesitaba un apretoncito mas con su llave maestra, así que ¡záscate!... un buen apretón al grifo y la tubería de plomo de la pared que ya tenía más de cincuenta años, corroída por el agua y alentada por las fuerzas de Ernesto lanzó un potente y continuo chorro de agua que salió disparado desde la bañera y atravesando la puerta abierta fue a parar al mueble del salón en donde ya se formaba un enorme charco que se colaba por debajo de un lado del mueble y salía por el otro en busca de la puerta del dormitorio, mientras Ernesto corría a cerrar la llave de paso, como alma que lleva el diablo.
Su mujer que entra por la puerta con las manos en la cabeza, gimiendo amargamente por el estropicio, le ayuda a correr un poco el mueble del salón para poder secar debajo, pero correr un mueble de salón atestado de libros y vajillas no es tarea fácil y con los tirones, la estantería que dentro de la vitrina soporta toda la cristalería de lujo, se fue viniendo hacía delante y sobrepasó el pequeño soporte que la sujeta por detrás, cayendo hacía abajo sobre el juego de café, con gran estropicio y ruido de cristales rotos, al abrir la puerta para poder ponerla en su sitio, pese a intentar que cayesen al suelo la menor cantidad de piezas, la pareja perdió la mitad de las copas y la loza.
Después de todo, Ernesto ha quitado por fin de nuevo el grifo, pero ya no lo puede volver a poner, ya que lo que está roto por el tiempo es la tubería, y él no tiene los instrumentos apropiados para soldarle un nuevo terminal de fontanería. Así que mientras Ernesto abre con cincel y martillo un buen agujero en la pared para poder acceder bien a las tuberías, su mujer ha decidido llamar a un fontanero para que arregle el estropicio y poder abrir de nuevo la llave de paso que le da agua a toda la casa. La broma les salió por un ojo de la cara, ya que era fiesta y los fontaneros cobran un plus por trabajar esos días. Pese a todo, el arreglo no quedó todo lo bien que debería haber quedado, ya que la tubería que lo alimenta de agua fría también está corroída y el grifo de la bañera sigue goteando en la actualidad y, para colmo, el fontanero ha quemado con la soldadora, los azulejos blancos alrededor del grifo.
Después de aquello, la mujer de Ernesto supervisa cada cosa que a éste le da por ponerse a realizar, para que no vaya a volver a hacer otro estropicio.Vamos a ver, colgar un cuadro es bien sencillo ¿no? En teoría no debería ocurrir ninguna catástrofe. Y… ¡Aquí tenemos a Ernesto de nuevo, con su caja de herramientas dispuesto a colgar un simple cuadro en la pared del comedor! Tiene el trastero atiborrado de instrumentos que sirven para todo, pero ya se sabe, uno nunca piensa que el diablillo esté a la que salta y te juegue una mala pasada. Pero si que lo ésta. A Ernesto se le ha olvidado que tiene un sensor de metales, que sirve para pasárselo a la pared antes de perforar y que evita, que uno abra agujeros en sitios poco convenientes. Así que al introducir el taladro en la pared, ha saltado el diferencial eléctrico.
–¿Qué que pasa?... Pues que he perforado un cable, ¡Eso pasa!
–¿Te ha dado la corriente?
–No, menos mal que no. Da de nuevo la luz.
La luz ha vuelto, pero ahora no hay luz en el dormitorio y es que el cable que ha partido era el que lo abastecía de electricidad. –No pasa nada, cambio el cable y ya está.
–¿Cambiar tú el cable?... Que Dios nos coja confesados.